EDUCACION PARA LA
DEMOCRACIA EN MEXICO
Diálogo educativo: El impacto social
de la educación
PROF.
MAG. MARTA BAYARRES
"Si
se acepta lo existente y lo dado como lo que debe ser, no existe el horizonte
utópico capaz de indicar el para qué, o lo que es lo mismo, que indique el
futuro a construir, se arranca a los hombres el timón de la historia en cuanto
a posibilidades de inventar un futuro diferente del presente. Se puede, sí,
realizar cambios intrasistémicos que no cambian los aspectos substanciales de
lo existente. Y aunque parezca paradójico, lo pretendidamente neutro, adquiere
un carácter ideológico y político a favor del mantenimiento del status
quo". Paulo Freire.
Educación
para la democracia, México.- Los propósitos que perseguimos en este artículo
son los de analizar el impacto social de la educación y, teniendo en cuenta los
mismos, señalar la responsabilidad que le cabe a la educación superior en dicho
impacto.
Creemos
que si bien es posible marcar diferencias entre las distintas realidades de
Latinoamérica, y en el caso concreto, entre los países del Cono Sur, existen
mayores similitudes que diferencias.
Si
nos centramos en este problema es porque a la luz de la evolución de la
educación no parecería que ésta haya sido capaz de aportar soluciones a uno de
los problemas que acosan a nuestros países, el problema de la pobreza y más
aún, de la marginación.
Como
arrojan los resultados de los estudios, los problemas estructurales mayores en
los países del Cono Sur, derivan de la falta de políticas efectivas para
revertir la situación de la familia que se va rápidamente, desintegrando.
Si
bien las políticas focalizadas de planificación familiar pueden ser útiles, uno
de los instrumentos más poderosos a largo plazo para combatir tanto la
maternidad prematura como los efectos la misma sobre el bienestar de los niños
consisten invertir en educación de las mujeres adolescentes.
Los
estudios realizados muestran que los hogares que tienen al menos un integrante
entre 0 y 17 años tienen chances más altas de caer en situación de pobreza que
los hogares conformados por jóvenes adultos, adultos y viejos. Los hogares
pobres con adolescentes concentran mayor proporción de población adolescente
que los hogares no pobres con población adolescente. Esto ha llevado a
determinar que en tanto que la pobreza general de los hogares desciende en
Uruguay más que la pobreza infantil y adolescente, y, comparativamente, en
Argentina aumenta menos que la pobreza adolescente, en Chile el descenso de la
pobreza en las edades más jóvenes es prácticamente igual que en los hogares y
personas en general. La pregunta que podríamos plantearnos es que ha sucedido a
nivel de la estructura de oportunidades y su aprovechamiento en los tres países
para que los resultados sean tan dispares.
El
intervalo de tiempo que va de 1990 a 1999 muestra que en los tres países, los
hogares con adolescentes se ubican en mayor medida en los hogares de los
quintiles de los más bajos ingresos, que han al mismo tiempo mejorado el
capital educativo del hogar y donde la organización familiar se ha hecho más
precaria. Uruguay, donde los adolescentes se concentraban en el primer quintil
debido a las diferencias en porcentajes de fecundidad entre estratos, y donde
la performance económica no fue tan importante, registra el mayor incremento de
hogares en situación de pobreza. El aumento del nivel de pobreza se ve
acompañado del aumento de desafiliación institucional de los jóvenes.
Los
jóvenes en esta situación en Uruguay suman el 20% del total, tomando en cuenta
las franjas más pobres. Otro dato interesante a tener en cuenta es que la
educación de los padres juega un rol preponderante en la desafiliación
institucional y en los logros educativos de los adolescentes. En Uruguay los
adolescentes del quintil más pobre con clima educativo alto presentan tan sólo
un 6.6% de desafiliación institucional de estudio y mercado laboral. Por otra
parte en lo que hace a la organización familiar, los hogares que más protegen a
sus adolescentes de la desafiliación institucional son los biparentales y en
unión matrimonial o legal, seguidos de los monoparentales y los hogares de
unión libre. Si bien el ingreso favorece la permanencia en el sistema
educativo, el clima educativo del hogar es mucho más efectivo.
El
contexto familiar y los recursos materiales y educativos del mismo, sumados a
su organización y capacidad de transmisión de activos a los adolescentes va
eslabonando las chances y pasivos con los que los adolescentes deberán
enfrentar su futura emancipación. En el caso de que ésta sea prematura es
posible presagiar el futuro de exclusión social, pobreza y reproducción de la
misma. Un dato que sorprende y a la vez preocupa es la altísima proporción de
hombres y mujeres adolescentes que han abandonado los estudios en el cuartil
más pobre de ingresos en Uruguay.
Estos
datos sugieren que Uruguay está desarrollando una brecha entre sus sectores más
humildes y los sectores medios que amenaza con la exclusión de amplios sectores
de la población y un potencial proceso ampliado de fragmentación social. A este
dato se agregan los que evidencian que el precoz ingreso en el mercado laboral,
no se ve acompañado por la formación de parejas. Todos los datos que hemos
venido considerando, se agregan a determinadas evidencias con respecto a las
grandes transformaciones culturales del capitalismo global, fundamentalmente
con respecto a la forma en que los individuos definen su estima, sus mecanismos
de gratificación y en definitiva de sus identidades básicas. En estas variables
se encuentran las claves para entender la frustración, las conductas anómicas,
la baja capacidad para la gratificación diferida y la alta exposición de los
sectores más pobres a percepciones continuas y cotidianas de deprivación
relativa.
Las
implicaciones más claras de este proceso de globalización con efectos en la
desigualdad social a que asiste la economía global y regional son, por un lado,
la progresiva penetración de los medios de comunicación en los hogares, y por
otro, el aumento de la participación simbólica de los adolescentes e el mundo
moderno. Es lógico inferir que los espacios de frustración para aquellos que no
cuentan con los recursos necesarios para alcanzar una participación
equivalente, se amplían. Esta combinación de acceso universal a la oferta de
consumo pero de acceso segmentado al bienestar favores en los adolescentes y
jóvenes, adaptaciones y conductas anómicas que, muchas veces, cristalizan en
situaciones marginales.
Por
otra parte mientras que en el pasado existían dos status y roles centrales
organizados en torno al trabajo y la familia, hoy han sido desplazados por el
consumo como eje identitario y de gratificación. Ya prácticamente no existe el
orgullo por el oficio y por el rol familiar del padre o madre. Mientras que los
roles del oficio o del rol familiar no eran localizables en una estructura
piramidal, y por lo tanto eran poco pasibles de generar percepciones de
deprivación, el consumo es ordenable en términos de mejor y peor, mayor y
menor. Cuando esta esfera de la gratificación adquiere un rol central en
formación identitaria y de autoestima del individuo, se incrementa notoriamente
el espacio para la sensación de frustración y disminuye la capacidad de
gratificación, clave para la acumulación de activos y para la voluntad de
sacrificio que implica el límite al consumo en pos de una transferencia
intergeneracional de activos.
El
análisis realizado hasta aquí nos muestra que es sumamente importante
considerar a la población adolescente como grupo particularmente vulnerable en
una etapa crítica del ciclo vital para su futuro. La pobreza adolescente
constituye uno de los problemas a combatir si se pretende enfrentar los riesgos
de reproducción intergeneracional de la pobreza y su consecuencia, la exclusión
social. Existen tres pilares tradicionales de las políticas de adolescencia en
los países del cono Sur, pero son insuficientes para atacar los problemas
destacados. Ellos son: la educación gratuita, la salud asistencial y las
transferencias de ingresos a los hogares con adolescentes.
Sin
embargo, la desigualdad, segregación, desafiliación de los adolescentes y
niveles de desempleo de los más jóvenes, muestran insuficientes los recursos y
obligan a diseñar políticas sociales que sean realmente efectivas para atacar
la pobreza y la exclusión social del adolescente. No debemos olvidar que en
estos problemas se centra el germen de la segregación y desintegración social.
Es preciso que las autoridades tomen conciencia de que las políticas de
infancia y adolescencia deben ser jerarquizadas como políticas de Estado y
salvaguardadas de los vaivenes de la economía. De la puesta en marcha de
políticas de Estado serias depende en buena medida el futuro de nuestra
sociedad.
A
pesar de que la historia cambie y de que nuevas variables se introduzcan en
cualquier análisis que se pretenda realizar de la evolución de la sociedad, no
podemos negar el rol integrador que tiene la familia como célula social. No
podemos pensar en una sociedad integrada si no procuramos salvaguardar la
integración familiar. En una sociedad en la que los responsables de seguir
construyendo la trama social, a saber, niños y adolescentes, son cada vez más
excluidos, no es posible pensar en el futuro. Sociedades que funcionen de ese
modo van rumbo a su destrucción.
El
sistema de educación superior argentino se enfrenta, del mismo modo que el
sistema uruguayo, estableciendo las distancias, a un proceso de transformación,
marcado por la tendencia hacia la integración de los dos subsistemas que lo han
conformado históricamente: el universitario y el no universitario.
Este
proceso se desarrolla afectando a las instituciones y a los actores involucrados
en el campo y dentro de un contexto complejo, en el que confluyen lógicas de
mercado y búsqueda de equidad, recortes presupuestarios y evaluación centrada
en la calidad y la eficiencia, diversificación de ofertas sin una planificación
previa y marcadas diferencias de prestigio entre los dos subniveles educativos.
Los
profundos cambios operados en la sociedad hacen que la educación superior
enfrente nuevas problemáticas: la masificación, la expansión y la
especialización del conocimiento. Estos cambios, que tuvieron como respuesta la
diferenciación institucional y la diversificación de carreras, incidieron en el
aumento de complejidad de la universidad, llevándola a revisar su relación con
el Estado y a intentar modificar su cultura institucional, tanto en lo
disciplinar como en el aspecto político, la cual se constituyó basándose más en
la exclusión que en la negociación y el consenso.
Es
necesario que, ante los cambios de la sociedad, el sistema de educación
superior se transforme y, en este sentido, la articulación interinstitucional
entre subniveles se visualiza como una alternativa valiosa y favorable.
Las
universidades han priorizado hasta ahora una equivocada estrategia,
sobredimensionando sus casas de estudio con altos índices de alumnos inscriptos
y desertores y con distintos tipos de localizaciones distantes, que impiden a
los alumnos el contacto directo y vívido con los centros de excelencia y los
profesores.
El
mismo criterio podemos encontrarlo en Lovisolo (1996) cuando afirma que: "El
objetivo democrático de acceso a la universidad tuvo varios efectos prácticos
negativos para la formación de una comunidad científica. Creó un modo de
funcionamiento en franco desacuerdo con los objetivos de investigación."
Instancias éstas que también son identificadas como problemas del sistema de
educación superior argentino por el Banco Mundial, y que vienen expresadas en
el señalamiento de las elevadas tasas de repetición y deserción y las
deficiencias en el proceso de investigación de las universidades.
Este
excesivo crecimiento de la matrícula en las universidades argentinas ha actuado
como obstáculo para la formación de comunidades científicas consolidadas y para
el avance de actividades de investigación, desatendidas en pos de la atención
de grandes cantidades de estudiantes.
La
creación de nuevas universidades, a partir de la década del setenta, aportó
soluciones al excesivo crecimiento de la matrícula, posibilitando la
redistribución de estudiantes en diversos centros urbanos y la articulación con
el nivel superior no universitario -juntamente con la creación de colegios
universitarios- constituyó la alternativa para la redistribución en ciudades
pequeñas.
Las
universidades nacionales pasan hoy por uno de los períodos de máxima
inadaptación a los criterios de competitividad y exigencia que marcan los
estándares internacionales fijados por las universidades de avanzada del mundo.
Del
mismo modo que la creación de nuevas universidades ha tenido consecuencias
importantes a nivel social (elevando a toda la sociedad y transformando
aquellos lugares más postergados), a nivel sociológico (al incorporar una mayor
proporción de estudiantes hijos de padres con menores ingresos e instrucción
que las universidades tradicionales) y a nivel económico ( por su aporte
científico y tecnológico y su inserción en el aparato productivo), este impacto
generado sirve para prever la importancia que han de tener las instituciones
terciarias articuladas con la universidad, en ciudades pequeñas, como
instrumento para la transformación social y cultural.
La
prolongación de la vida, los cambios culturales y las necesidades de
actualización plantean a la educación superior requerimientos crecientes con
respecto a actividad, adecuación e inversión. Por este motivo, es preciso
redefinir el concepto de servicio educativo de manera que toda la población
pueda ser incluida en el proceso cultural y en el acceso a tareas más
sofisticadas que posibiliten el ascenso social.
Es
posible que no todas las instituciones de educación superior no universitaria
hayan alcanzado los niveles de calidad deseables; del mismo modo, no son
comparables sus recursos ni el prestigio de sus docentes con los de la
universidad, pero es indudable que la articulación abre una posibilidad cierta
de transformación científica y social de su contexto.
A
partir del proceso de integración del sistema de educación superior, la
articulación interinstitucional, como estrategia integradora, está
contribuyendo a cambiar la mirada que, sobre las instituciones de educación
superior no universitaria, ha tenido históricamente la universidad, negando a
aquellas un reconocimiento, ignorando su pertenencia al nivel de educación
superior y atribuyéndoles baja calidad y ausencia de autoridad científica.
En
el Uruguay aún se está discutiendo la viabilidad de esta integración. El juego
de poderes que dio como resultado la creación de la Universidad de la República
con la figura de Vaz Ferreira, y por otro lado el IPA, con la figura de
Grompone marcó el fatal destino que seguimos padeciendo aún hoy.
Como
generador de bienes comunes, el sistema superior de enseñanza debería
constituir un corpus unitario pues este mismo hecho lo fortalecería y sus
resultados se volcarían a la sociedad. El sistema de educación superior conforma
un campo productor de bienes simbólicos que, además, se ha constituido como el
"campo generador de campos".
Bourdieu
(1990) sostiene que existen "leyes de funcionamiento invariantes",
aplicables a todo campo junto con "propiedades específicas, propias de un
campo en particular". Por lo tanto, en el intento de definir el campo de
la educación superior será preciso determinar "aquello que está en
juego", los intereses específicos que obran como base de la lucha por la
hegemonía de la autoridad científica, de la capacidad técnica y del poder
social - autoridad científica sobre el conocimiento, capacidad técnica que ese
conocimiento involucra y poder social como capacidad de hacer sentir a ese
conocimiento como necesario-.
Sustenta,
además, que "La estructura del campo es un estado de la relación de
fuerzas entre los agentes o instituciones que intervienen en la lucha".
Dentro del campo de la educación superior consideramos posiciones dominantes,
ocupadas por las instituciones universitarias, erigidas en bastiones del
conocimiento a través de la historia, y posiciones dominadas ocupadas por las
instituciones no universitarias a las que el imaginario cultural ha conferido
el rótulo de "educación de baja calidad".
Estas
posiciones jerárquicas dan cuenta de la distribución del capital cultural: la
universidad lo monopoliza fundamentando así su autoridad y poder. A la lucha
subyacen los intereses comunes de todos los individuos comprometidos en el
campo.
Son
válidas las estrategias de subversión pero dentro de ciertos límites,
conservando siempre las creencias fundamentales que lo sostienen. De allí el
compromiso unánime en la conservación de lo que el campo produce.
Actualmente,
es posible que estemos asistiendo a la realización de una de las
"revoluciones parciales" a las que alude Bourdieu: el escenario de la
educación superior se modifica y con éste también lo hacen las posiciones de
los actores del campo.
A
raíz de los profundos cambios operados en el contexto del sistema, las
instituciones han tenido que responder a nuevos requerimientos, realizar nuevas
actividades, cambiar su relación con el Estado y buscar nuevas alternativas de
financiamiento, hechos éstos que vuelven imprescindible una modificación tanto
hacia el interior de las instituciones como de la vinculación entre éstas y con
el resto de la sociedad.
Términos
como diferenciación y diversificación han ocupado espacios relevantes en el
discurso de los últimos años, a éstos se sumaron los conceptos de equidad,
eficiencia y calidad, los que fueron aportando mayor grado de complejidad al
marco dentro del cual se está desarrollando la transformación de la educación
superior en nuestro país, transformación que comienza a posibilitar la
modificación de las posiciones en este campo.
Esta
situación, en la que se materializa la transición desde un sistema binario
hacia uno integrado, impone la necesidad de generar conocimiento sobre las
transformaciones en proceso dentro del sistema de educación superior, tomándolo
como objeto de estudio y análisis; análisis que permitirá una reflexión crítica
acerca del estado de este campo del que pocos saberes se han generado a pesar
de ser, él mismo, un campo generador de saberes.
Bourdieu
(1990) denomina "efecto de campo" a la imposibilidad de comprender
algunos productos desconociendo la historia de su campo de producción. Por lo
tanto, la falta de integración del sistema, la segmentación jerárquica, la
mirada despectiva de la universidad para con las instituciones terciarias podrá
comprenderse mejor a partir del origen que tuvieron y la historia que
transitaron ambos subsistemas en nuestro país.
El
origen de la universidad en Argentina coincide con el del sistema de educación
superior; es en el año 1613 - momento en que se crea un colegio jesuítico que
adquirirá más tarde privilegios universitarios cuando se sientan las bases de
la Universidad de Córdoba, primera en el país, creación a la que siguieron las
de la Universidad de Buenos Aires (1821), la Universidad de La Plata (1890), la
Universidad de Tucumán (1912) y la Universidad del Litoral (1919).
Con
el transcurrir de los años, la universidad concentró la producción de saberes
válidos sustentándose en el principio de autonomía, características que la
convirtieron en una institución perdurable en el tiempo, al que sobrevivió casi
sin modificaciones, incluso desde la Edad Media, a pesar de los profundos
cambios operados en su entorno.
Paralelamente
a ésta surgen, a fines del siglo XIX, las que Daniel Cano (1985) califica como
"vías menores de educación superior", destinadas a la preparación
profesional de tipo especializado las que se convierten en canales de acceso de
sectores sociales más bajos y también posibilitan el ingreso de la mujer a este
nivel; la creación de la Escuela Normal de Paraná, en 1870, puede tomarse como
institucionalización de estas alternativas que nacieron con el estigma - en el
imaginario social- de "educación de segunda categoría", constituyendo
opciones para aquellos que no podían acceder a la universidad.
Se
fue instalando, de esta manera, un doble circuito de educación superior: por un
lado, el de formación científico-profesional a cargo de las universidades y,
por el otro, el de formación de maestros y profesores a cargo de los institutos
superiores, al que se sumó la formación técnico-profesional no universitaria
que tomó cuerpo promediando el siglo XX.
La
expansión educativa –que en un primer momento favoreció la apertura de
oportunidades educativas y produjo un aumento de las expectativas de la
población- fue posible continuarla en las décadas siguientes a través de la
creación de instituciones de educación que conformaban todo un abanico de
opciones de profesionalización. El fenómeno de la diferenciación institucional
se manifestó por la proliferación de estas instituciones de educación superior
que tuvieron características diferentes a las instituciones universitarias
tradicionales.
El
aumento de la matrícula ocurrida después de los años sesenta si bien logró
incorporar a sectores tradicionalmente excluidos –especialmente mujeres y estratos
bajos de las capas medias como se señaló anteriormente-, produjo una
segmentación de las instituciones de educación superior en términos de calidad.
Estos nuevos sectores sociales que accedieron al sistema de educación superior
se insertaron siguiendo patrones básicos de estratificación que representaban
su origen social, ya que estos sectores en general sólo lograron incorporarse
en el segmento de instituciones menos valoradas o de menor calidad.
La
ley 1579, llamada Avellaneda y sancionada en 1885, otorgó a las universidades
de Córdoba y Buenos Aires - hasta entonces las únicas en el país- un marco
jurídico y legal que, años más tarde, signaría el proceso de expansión
institucional pues, debido a su flexibilidad y concisión, el espíritu de esta ley
mantuvo vigencia (a pesar de haber mediado otras leyes universitarias
sancionadas durante gobiernos democráticos y de facto) hasta 1995, momento en
que se sanciona la ley Nº 24.521/95 de Educación Superior.
Mientras
tanto, la legislación referida al subsistema no universitario consistió sólo en
decretos que surgieron esporádicamente, conforme a las necesidades ocasionadas
por la expansión de instituciones y el crecimiento de la matrícula.
Aún
con la sanción de la Ley Federal de Educación (24.195/93) no existió en el país
una clara delimitación de los alcances, fines y objetivos de la educación
superior no universitaria, aunque se la reconociera como instancia de formación
comprendida dentro del sistema de educación superior.
La
Ley de Educación Superior (24.521/95) fija un nuevo marco regulador que,
constituyéndose en la primera ley orgánica para todo el nivel superior,
reconoce e incluye definitivamente al sector no universitario en el escenario
de la educación superior argentina.
La
Reforma Universitaria de 1918 se erige sobre los valores de democratización y
autonomía, esta última distinguirá en lo sucesivo a la universidad del resto de
las instituciones educativas y se preservará, hasta la fecha, como valor
supremo sólo desvanecido en periodos de intervención.
En
los últimos años, el proceso de expansión del nivel universitario no sólo se ha
manifestado en la creación de nuevas universidades e institutos universitarios
sino, también, en el aumento de la matrícula y en la multiplicación y
diversificación de las carreras.
La
ausencia de una clara definición del tipo de formación perseguido en relación
con el desarrollo social, el avance tecnológico y el crecimiento económico, así
como la diversidad de los objetivos institucionales, condujeron a una gran
heterogeneidad en la calidad de la educación impartida, tanto en
establecimientos públicos como privados.
El
crecimiento del sector no universitario prosigue, aunque en forma oscilante,
relacionándose frecuentemente estos altibajos con restricciones impuestas al
acceso universitario o con razones de índole económico. La masificación en el
nivel de educación superior generó un nuevo tipo de demanda que fue satisfecha
en alguna medida -pero no siempre en forma adecuada- por las instituciones
terciarias, las que repiten el perfil profesionalista de las carreras
universitarias, no evidenciando una diferenciación funcional que les imprima
visibilidad, tanto en el contexto social como en el mercado laboral.
Al
respecto, Fanelli y Balán (1994) expresan: "La escasa visibilidad de
ciertas instituciones como las terciarias no universitarias, la ausencia de
límites funcionales claramente especificados entre éstas y el conjunto de
instituciones universitarias y la falta de coordinación e interrelación entre
las diferentes partes, han dado como resultado un sistema de educación superior
poco integrado".
Los
años noventa traen un nuevo discurso que plantea, entre sus objetivos,
diversificar la oferta y ampliar la aceptación de estudiantes no tradicionales,
transformar la universidad y sus relaciones con los factores exógenos y crear
nuevas formas de institucionalización para la investigación científica.
Dentro
de este marco, la UNESCO enfatiza la conveniencia de la diferenciación pero
sobre la base de crear puentes entre las diferentes vías, así como de hacer
ambas vías pertinentes para las necesidades de la sociedad y la economía.
En
este sentido, García Guadilla (1996) alerta sobre la necesidad de políticas
claras volcadas a la regulación y colaboración por parte del Estado, a fin de
garantizar calidad y complementariedad entre ambos subsistemas del nivel
superior, y expresa: "Es cierto que políticas equivocadas pueden revertir
los efectos deseables de un proceso de diferenciación volcado a alcanzar
características de calidad y, por lo tanto, de interconexión entre las
diferentes redes que forman el cuerpo plural de un cada vez más complejo
sistema de educación superior”.
Alcanzar
estos objetivos de integración implica una profunda modificación tanto de la
concepción de las universidades como de las instituciones superiores no
universitarias las que, habiéndose desarrollado a través de caminos paralelos,
pocas veces confluyeron en programas de colaboración y se diferencian en
aspectos sustanciales, como la autonomía y las formas de reclutamiento y
organización del trabajo de los docentes.
La
transformación del sistema de educación superior implica para el Estado hacer
frente a requerimientos financieros crecientes, en los que los montos exigidos
son cada vez mayores.
La
educación, pensada históricamente como valor ético y moral y como derecho
natural del hombre, pasa a pensarse como valor económico al cual las
perspectivas neoliberales abordan desde los conceptos de gasto y eficiencia.
Surge,
entonces, la evaluación como un dispositivo tendiente a la regulación del
sistema. Tan importante es la irrupción de esta temática en el escenario
educativo que Álvarez (1996) compara a las transformaciones generadas en las
universidades, a partir de las políticas que se concretan en torno a las
distintas posturas sobre evaluación, con las producidas por la Reforma de 1918,
pero en sentido inverso.
Álvarez
analiza la evaluación desde dos concepciones: una democrática y
descentralizadora, "promotora de la circulación del conocimiento y del
pluralismo valorativo", la que, constituyéndose en estímulo para los
actores involucrados en el proceso, opera como fuente de cambio. Se contrapone
a ésta la concepción eficientista, burocratizante y centralizadora, con
objetivos de control y "tendiente a fortalecer el poder central sobre las
autonomías universitarias a través de macroestructuras burocráticas que
determinan aquello que deberá ser considerado valioso y aceptable y con poder
sobre la distribución de los recursos".
El
análisis concluye con una fuerte crítica a la Ley de Educación Superior la que,
al tomar la temática de la evaluación y la acreditación como eje fundamental,
cierra el debate otorgando el triunfo a la concepción centralizadora y prepara
las condiciones para el surgimiento del Estado Evaluador.
Se
instala de esta manera, como expresa Álvarez (1996), una estructura de
regulación estatal con la finalidad de medir la calidad para decidir sobre la
planificación y la distribución de recursos que tiende a jerarquizar
instituciones, docentes y carreras, la cual se sustenta en la disminución
relativa de los presupuestos, la asignación de fondos competitivos asociados a
estándares prefijados y en la modificación de los procesos normativos.
Las
políticas actuales se estructuran en torno a la evaluación, constituida en
instrumento apto para transparentar diferencias entre instituciones y para
blanquear las diversas situaciones institucionales de manera de poder
distribuir los recursos con equidad.
La
situación de las universidades se vuelve insegura y, además de los fondos
públicos, surge la necesidad de buscar otras alternativas de financiamiento.
Los mecanismos de financiamiento cambian en tiempos adversos como estrategia de
supervivencia, y la estrategia de muchas universidades es volver a mirar hacia
las instituciones superiores no universitarias, pero esta vez prima la lógica
del mercado y en esta nueva mirada hay menos desprecio y más interés.
Lo
que se vislumbra en ellas es un medio de aumentar la matrícula, circunstancia
que les asegurará, por un lado, mayor presupuesto del Estado y, por el otro, la
posibilidad de contar con los aranceles provenientes de los estudiantes
transferidos.
Los
incentivos financieros no constituyen el único elemento que influye en la
estructura de autoridad y en el comportamiento de las universidades.
Existen
otras fuentes de poder -que no pueden ser manipuladas como los fondos
financieros- como el carisma, la tradición, la experiencia, los derechos
cotractuales y el prestigio. La autoridad científico profesional que la
sociedad reconoce a la universidad le confiere a ésta última la capacidad de
hablar y actuar legítimamente en materia de ciencia y el poder simbólico como
efecto de representación social.
Cabría
preguntarse si es debido al hecho de haberse vinculado fuertemente, en
Argentina, a la educación superior no universitaria con el "saber
práctico", el "saber técnico" y el "saber hacer",
conferido en carreras cortas y que frecuentemente se ha negado la
profesionalidad a sus egresados.
En
el campo de la educación superior se reconoce la superioridad de aquellas
instituciones productoras de conocimiento sobre las que sólo lo reproducen, y
son sobradas las citas de autores que hacen alusión al tema.
"Todo
juicio que se haga de las capacidades de un individuo está siempre permeado,
mediado, por el conocimiento que se tenga acerca de la posición que ocupa en la
escala de prestigio de las instituciones donde actúa, o bien, de los títulos
que posee." Tenti Fanfani y Gómez Campos (1990).
“En
el mundo moderno, es la universidad o el diploma escolar profesional, antes que
la afirmación del profesional en ejercicio, el que certifica la competencia y
ofrece la calificación decisiva que permite el ejercicio y el estatus
profesional”. Burrage (1996).
En
América Latina, la educación universitaria constituyó una estrategia
fundamental en la promoción de la movilidad social, esto tuvo consecuencias que
se plasmaron en la sobreproducción de profesionales y en el desprecio hacia
toda alternativa de formación que no se encerrara en los marcos de la
universidad. A partir de esto, las profesiones se dignifican si se desarrollan
en el ámbito universitario y toman formas simbólicas propias de carreras
tradicionales.
Como
en otros campos, en el de la educación superior existen posiciones con mayor y
menor grado de legitimidad. En la cúspide se encuentran las universidades
tradicionales y en la periferia las instituciones superiores no universitarias,
cuya legitimidad no está garantizada aún de manera estable.
Tenti
Fanfani y Gómez Campos (1990) denominan "universitarización" a la
lucha que entablan algunas instituciones por una mayor legitimidad, la que hoy
en nuestros paises pareciera tomar la forma de articulación interinstitucional.
Este fenómeno mantiene a las instituciones superiores no universitarias
preocupadas por lograr convenios con las universidades y a éstas interesadas en
los recursos financieros que la firma de convenios implica. Ante este contexto
complejo y cambiante, inmerso en conflictos, intereses y jerarquizaciones,
resulta pertinente tomar palabras de Lovisolo (1996):
"Se
trata de aceptar que hay varios modelos posibles de educación superior y de su
articulación con la investigación, con la formación de investigadores y con la
prestación de servicios al medio. También habrá que aceptar, contra el espíritu
igualitarista o isonomista, que pueden existir varios modelos de financiamiento
y gestión de las universidades.
Sólo
la exploración activa y democráticamente vigilante de los varios modelos
permitirá operar la selección y apostar en la mejor relación entre los
objetivos y los medios". Expresión que deja traslucir el hecho de que nos
encontramos ante una etapa de transición que nos tendrá como observadores
críticos o, en el mejor de los casos, como actores comprometidos.
La
integración del Sistema de Educación Superior implica un desafío que es preciso
que lo asuman tanto el Estado como las Intendencias y las propias
instituciones, las cuales, inmersas en un contexto que les impone nuevas
estructuras y relaciones diferentes a las históricas, serán protagonistas de un
proceso que –si bien no ha logrado aún desvanecer las diferencias de prestigio
y la segmentación de los subniveles- se constituye, a nuestro juicio, en una
vía posible para el logro de una Educación Superior con mayor cobertura,
calidad y pertinencia social.
El
discurso de la política educativa: 1930-1958
Luz
Elena Galván de Terrazas*
*
Investigadora del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en
Antropología Social (CIESAS), México, D. F.; miembro del Comité Mexicano de
Investigación Educativa (COMIE, A. C.).
Introducción
El
deseo por educar a la población mexicana, lo encontramos desde los primeros
pasos que dio el México Independiente. Desde esa época, se habla ya de la
educación como el camino para progresar. Poco a poco, este deseo se fue
convirtiendo en realidad. Diversas fueron las políticas educativas que se
pusieron en marcha durante el siglo XIX y principios del XX.
Sin
embargo, no fue sino hasta el México posrevolucionario que todos estos
esfuerzos, iniciados en el siglo XIX, se consolidaron. En este artículo,
presentaré una pequeña muestra de cómo esta política educativa fue cambiando a
través del discurso oficial, sobre todo en las décadas que van de 1930 a 1950.
Para
su realización me basé, principalmente, en periódicos publicados por la
Secretaría de Educación Pública en dicho período. Este material lo obtuve de la
Colección Latinoamericana Nettie Lee Benson, que en el texto aparecerá con las
siglas: LABC (Latin American Benson Collection). Dicha Colección se encuentra en
la biblioteca de la Universidad de Texas, en Austin. También utilicé material
secundario que me ayudó a contextualizar la documentación obtenida en esta
biblioteca. La búsqueda la pude llevar a cabo gracias al apoyo del personal que
trabaja en la Biblioteca de la Universidad de Texas, a todos ellos mi
agradecimiento, y en especial a su directora, la Sra. Laura Gutiérrez-Witt.
La
educación en el período posrevolucionario
A
nadie escapa la labor realizada por José Vasconcelos al frente de la nueva Secretaría
de Educación Pública en 1921. Muchos de los planteamientos expuestos en esa
época, perduraron durante toda la década de los años veinte; esto es muy
importante para comprender lo que sucedió más tarde, en los años treinta.
Parte
importante de la campaña de Vasconcelos se basaba en la educación para el
campo, idea que continuó posteriormente. Es así cómo hacia 1926 se habla de que
"a pesar de las limitaciones de presupuesto, se ha aprobado la creación de
mil nuevas escuelas rurales, y se ha ampliado a diez el número de Misiones
Culturales". Lo anterior se debía a que, decían, "existen
numerosísimos poblados que por su alejamiento, no han conseguido hasta ahora
los beneficios de una escuela rural..." Dichas escuelas se instalarían en
lugares en donde no había ningún establecimiento educativo (LABC, SEP, El
sistema de escuelas rurales... 1927).
En
el discurso pronunciado por el Presidente Emilio Portes Gil en 1929, se decía
que "Uno de los principales puntos del programa de Gobierno que piensa
desarrollar el Sr. Presidente, es el fomento de la educación rural, que se
desea llegue a alcanzar una extensión que nunca había tenido y que es
indispensable para terminar la obra de la Revolución" (LABC, El Sembrador,
Nº 1, SEP, 1929).
En
otro discurso, Portes Gil se refería a que la "educación de las clases
trabajadoras de México es el único camino seguro de su positiva
redención". De aquí que su esfuerzo se concentrara en extender la
enseñanza rural en toda la República (LABC, El Sembrador, Nº 2, SEP, 1929).
Sin
embargo, este deseo se encontraba con el problema de la falta de recursos
económicos para lograrlo. De aquí que se insistiera en la necesidad de que las
comunidades campesinas sostuvieran las escuelas rurales por medio del sistema
denominado de "Circuitos Rurales". Dicho sistema consistía en que un
maestro central, pagado por la Federación, organizaba, vigilaba y dirigía, en
continuas visitas a escuelas circundantes, sostenidas por las propias
comunidades (Ibíd..).
Al
problema anterior se aunaba el de la falta de maestros preparados. Se decía que
la "urgencia con que los Gobiernos Revolucionarios han considerado la
enseñanza del pueblo, han obligado a la sep a improvisar maestros para las
escuelas rurales". De aquí la necesidad de "no abandonar a los maestros
rurales en su impreparación". Es por esto que se habían organizado las
Misiones culturales que tenían, entre otras, la finalidad de impartir cursos
breves a los maestros (Ibíd..).
Sobre
el profesor, Portes Gil decía: "Siendo el maestro el primer factor de la
escuela, he creído necesario estimularlo, garantizarlo como un trabajador
intelectual que rinde enormes servicios a la República..." Es por esto que
se habían formulado proyectos de leyes de jubilación, de estabilidad y
escalafón magisteriales, al igual que se había fomentado la construcción de la
Casa del Maestro (Ibíd..). Hay que recordar que, hasta entonces, el maestro no
contaba con ninguna de estas prestaciones sociales.
La
educación socialista y su discurso
Al
iniciarse los años treinta se reforzó esta política educativa hacia el campo.
Narciso Bassols, ministro de educación en 1932, decía que la escuela rural era
la "dádiva generosa que la Revolución ha dado a los campesinos". Este
secretario reconocía que la labor educativa no se podía realizar si no se
atendía el problema de los maestros, tanto en su preparación, como en sus bajos
salarios. De aquí que dijera que la escuela rural necesitaba afianzarse
mediante la "elevación de los maestros, mediante su preparación mejor y
más completa, lo que sólo será posible cuando desaparezcan los sueldos de 27
pesos al mes que ganan hoy los mil maestros rurales. Las escuelas rurales
trabajan en un ambiente de heroico esfuerzo hecho por el maestro rural, para
vencer la escasez de elementos, de materiales escolares, de equipos".
Terminaba por decir: "Las escuelas están pobres por dentro, y es menester
mejorarlas en el sentido material". Hablaba del "maestro heroico, que
vive y trabaja por el santo milagro de la nobleza de la causa, compartiendo con
el campesino sus miserias y dolores, sus afanes y desvelos" (LABC, El
Maestro Rural, SEP, año I, Nº 10, julio de 1932).
Una
conquista importante de los maestros rurales en 1933 fue el aumento de sus
sueldos de $1.00 y $1.50, a $2.00 al día. Se decía que los anteriores salarios
"no garantizaban un trabajo eficaz" (LABC, El Maestro Rural, SEP, año
III, Nº 8, 15 septiembre de 1933).
Ahora
bien, si de hecho hubo un pequeño aumento en el salario de los maestros, su
situación no había mejorado mucho. Como ya apuntamos anteriormente, el maestro
no contaba con prestaciones. Es por esto que, en enero de 1934 se aprueba el
"Reglamento del retiro de las maestras encinta", bajo el gobierno de
Abelardo Rodríguez. Ya en la Ley de Escalafón de julio de 1933, se habla del
retiro de las maestras encinta, y en 1934, se da su reglamentación. Entre otras
cuestiones, se dice que el retiro será de tres meses, que las maestras
percibirán íntegramente sus sueldos, y que tendrán que someterse a un examen
médico para verificar su estado, entre otras cosas más.
Al
respecto se comentaba que se esperaba que dicho reglamento diera a las maestras
"descanso y auxilio, conforme a la filosofía del seguro de obreros y
trabajadores en las nuevas tendencias sociales...", y que por otro lado,
se "procurara el advenimiento de una raza más vigorosa, protegiendo al
infante desde el seno materno" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. IV, Nº 2,
15 de enero de 1934).
Al
finalizar el año de 1934, encontramos un cambio muy importante dentro de la
política educativa del país. Así el 19 de octubre, el Senado de la República
aprobaba el proyecto de Reformas al Artículo 3º de la Constitución Nacional,
estableciendo la enseñanza socialista en lugar de la enseñanza laica (36 votos
a favor y 13 en contra). Así el discurso va a cambiar, ya que una nueva
política educativa lo anima.
Se
habla de que la educación socialista persigue "identificar a los alumnos
con las aspiraciones del proletariado, fortalecer los vínculos de solidaridad y
crear para México, de esta manera, la posibilidad de integrarse
revolucionariamente dentro de una firme unidad económica y cultural". Por
medio de la escuela socialista se llegaría al "terreno de bienestar
económico y moral que ambicionamos para México". Y se decía que los
maestros rurales eran los "soldados de que se vale la Revolución para
realizar una campaña desfanatizadora entre las masas campesinas del país"
(LABC, El Maestro Rural, Nº 10 y 12, noviembre y diciembre de 1934).
Al
subir Lázaro Cárdenas a la presidencia, su discurso siguió también por el
camino de la enseñanza socialista. Se trata de un discurso triunfalista, en
donde la educación socialista será la panacea que acabará con todos nuestros
males. Se habla entonces de que la "implantación de la escuela socialista
significa un paso más hacia la redención material y espiritual de las clases
asalariadas, dentro de un orden de efectiva justicia social". Para lograr
dicho propósito se menciona la necesidad de "liquidar el analfabetismo de
las masas y destruir los privilegios de la cultura, poniendo la escuela al
alcance de las clases laborales". Se prefería que dicha educación se
encauzara hacia las "masas campesinas y obreras". De nuevo, en este
discurso, se enfatiza la necesidad de difundir y adentrar en los espíritus dicha
ideología, con objeto de que la clase explotada se organice en sindicatos y
cooperativas, que le permitan defender sus derechos..." (LABC, El Maestro
Rural, SEP, T. VI, Nº 4, febrero de 1935).
Al
hablar del maestro, en varios discursos se referían a él como "un puente
entre las tradiciones del pasado y las formas de vida del porvenir". Para
que el maestro realizara su labor, se decía que éste debería contar con
"un franco apoyo para que pudiera cumplir la alta misión de encauzar a las
juventudes dentro de una doctrina que realice con más eficacia el
desenvolvimiento económico de la nación" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T.
VI, Nº 11, junio de 1935).
La
idea de presentar a esta educación dentro de un discurso triunfalista, hacía
que se minimizaran problemas muy graves, como era el asesinato de varios
maestros socialistas. Se decía que, "a pesar del terreno ganado a los
elementos opositores, ha habido manifestaciones aisladas de fanatismo e
ignorancia, que han culminado algunas veces –pocas afortunadamente– en el
sacrificio de las vidas de maestros caídos en el cumplimiento de su noble
ministerio..." (Ibíd..).
En
diversos discursos se refieren al maestro como "el arquitecto esforzado de
la reforma educacional", como aquellos que esparcían la "simiente en
los surcos de las mentes, fertilizándolas para producir una nueva
sociedad", como aquellos que iban "moldeando a las futuras
generaciones". Se decía que los "maestros rurales tienen la
satisfacción de luchar por la elevación de nuestro nivel cultural. Poco a poco,
con su labor desanalfabetizadora, van desterrando los mitos que no permiten que
nuestro pueblo crezca y madure" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VI, Nº
11, junio de 1935).
A
pesar de todos estos discursos y elogios hacia el maestro "abnegado",
éste tenía necesidades físicas que no podía cubrir con el salario que ganaba.
Es por esto que el 4 de diciembre de 1935, muchos profesores se unieron a la
manifestación que realizaron grupos de campesinos en la capital de la
República, solicitando mejores remuneraciones. La respuesta de Cárdenas fue que
el gobierno no estaba en condiciones de pagarles cuatro pesos diarios a los
maestros, sin embargo se estaba tratando de que algunas "economías se
derramaran en los trabajadores de la enseñanza, por ser ellos el medio que
tenía la Revolución para poder consolidar las doctrinas sociales". Les
hacía un llamado para que siguieran laborando ya que la Revolución tenía en
ellos sus esperanzas. Terminaba por decirles "Nosotros no somos más que
los vigilantes, pero ustedes son los responsables, y en ustedes están fincadas
las esperanzas de la Revolución, para obtener su triunfo definitivo"
(LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VII, Nº 12, diciembre de 1935).
Sin
embargo, el maestro no se alimentaba tan sólo de bellos discursos, y por ello
sabemos que muchos se lanzaron a las huelgas que se dieron durante el período
cardenista.
Otro
problema con el que tenía que enfrentarse la educación socialista era con el
del ausentismo escolar ya que los padres no enviaban a sus hijos a la escuela
porque decían que dicha educación "combatía la religión y arrancaba a los
hijos del amor de sus padres". Constantemente el gobierno decía que eso
era "mentira", que la educación socialista "combatía el
fanatismo, capacitaba a los niños para una mejor concepción de sus deberes,
para la lucha social, y para intervenir como factores en la producción
económica. Se enfatizaba en que combatir el fanatismo no quería decir que se
combatieran las creencias del pueblo, sino que se proponía destruir los
prejuicios que mantenían a la juventud en la ignorancia e impedían el progreso
y prosperidad del país" (LABC, El Maestro Rural, SEP, T. VIII, Nº 6, marzo
1936).
El
discurso de la unidad y la educación
Un
cambio importante en México lo marca la década de los cuarentas. La
industrialización de México influirá de manera decisiva en la política
educativa. Ávila Camacho como presidente de la República, puso gran interés en
la actividad industrial, ya que ésta abría oportunidades para la inversión de
capitales. Este impulso hizo que la cuestión agraria se fuera descuidando.
Se
crearon institutos tecnológicos cuya finalidad era formar cuadros para la nueva
industria mexicana. Este proceso trajo consigo la migración del campo a la
ciudad, ya que era en ella en donde se ofrecían mejores fuentes de trabajo.
Ávila
Camacho vio en la educación la "base más firme" para llegar a la
deseada "unidad nacional". De aquí la necesidad de lograr la
"unidad de la educación". Con base en ésta se redactó, en 1942, la
Ley Orgánica de Educación, reglamentaria del artículo 3º. Siguiendo sus
lineamientos se formularon los nuevos programas para todas las escuelas
primarias de la República, lo mismo en las urbanas que en las rurales, ya que
era "urgente establecer vasos comunicantes entre lo rural y lo urbano en
educación" (Castillo, 1976: 42).
El
secretario de Educación, Octavio Véjar Vázquez, hacia 1942, decía que debido a
los momentos de guerra en que se encontraba el mundo entero, era necesario
"reconstruir moralmente al país y avivar viejos principios de nobleza y de
bondad", para lograrlo era necesario enfilar la escuela "hacia un
nuevo humanismo alentando nuestra época con valores precisos de cultura que
reflejen más el sello de la persona y restablezcan la unidad derrocada"
(LABC, Boletín del servicio de información pedagógica, SEP, año I, Nº 8,
noviembre de 1942).
De
este modo, con el objeto de contribuir a la unidad de los mexicanos, era
necesario que se impartiera en todas las regiones del país la misma educación.
Para ello se realizaría la "igualdad de planes y programas de estudio y de
métodos de enseñanza". Se hablaba de una "nueva escuela", la
cual estaba ligada a la idea de "nacionalidad".
Para
lograrlo se pugnaba porque la escuela no dividiera a los alumnos, ni a los
maestros en urbanos y rurales (Ibíd..).
Es
así como, durante el gobierno de Ávila Camacho, por primera vez se aplicaba en
México un mismo programa para las escuelas del campo y de la ciudad, con la
misma orientación, propósitos comunes e igual contenido, aunque podían ser
adaptados en diferentes medios.
Se
hablaba de que la "nueva escuela debería ser como un río caudaloso con
cuatro afluentes: nuestra tradición, nuestro medio físico, nuestro ambiente
social y nuestro destino histórico". El secretario de educación insistía
en que, a esa escuela, debían asistir "todos los hijos de los mexicanos,
al mismo banco, bajo el mismo maestro y con el mismo método de enseñanza. Si
queremos forjar una nación, es indispensable que en la escuela se integre esa
nacionalidad, es necesario tener una sólida característica, hemos de ser
mexicanos ante todo" (LABC, Boletín del servicio de información
pedagógica, SEP, Año I, Nº 9, diciembre de 1942).
De
nuevo era el maestro en quien recaía la responsabilidad de la "nueva
escuela". Era el encargado de crear un sistema capaz de organizar
adecuadamente la homogeneidad de nuestra cultura, constituyendo así sobre bases
firmes, la definitiva "unidad nacional". Ávila Camacho se refería a
él como un "soldado que cumple abnegadamente una función que asegura la continuidad
de la República". Por considerársele como un soldado se le pedía que se
mantuviera "ajeno a organizaciones distintas de las suyas propias"
LABC, Boletín del servicio de información pedagógica, SEP, año I, Nº 4 y 6,
julio y septiembre de 1942).
Problemas
con los maestros trajeron como resultado la renuncia del Secretario de
Educación, Octavio Véjar Vázquez. Un nuevo ministro, Jaime Torres Bodet, ocupó
su lugar enfocando sus esfuerzos hacia una gran campaña contra el
analfabetismo, al amparo de las leyes de emergencia del 21 de agosto de 1944.
Este
nuevo secretario creía que la gente se reunía en torno de una gran
"empresa vital" y de un programa en el que todos pudieran participar.
De aquí que pusiera en marcha esta campaña en contra del analfabetismo.
El
1º de marzo de 1945, México inició la etapa de enseñanza de la Campaña Nacional
contra el Analfabetismo. Dicha campaña se proponía enseñar a leer y a escribir
a todos los iletrados. Se hablaba de que, un país en el cual "la mitad de
sus habitantes está compuesta por analfabetos, tiene el deber de integrar su
unidad no únicamente con postulados políticos, sino con programas
educativos". El presidente de la República decía que no había
"independencia en la noche de la ignorancia. Enseñando a los millones de
compatriotas que no saben leer y escribir, estamos coadyuvando a su
independencia". Se pedía que todo aquél que supiera leer y escribir le
enseñara a un analfabeto (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, año I, vol. III,
julio de 1945).
En
junio de 1945, Torres Bodet decía que lo más importante de su gestión era, por
un lado, el haber logrado aumentar el presupuesto para Educación Pública, y por
otro, la creación del Instituto Federal de Capacitación para el Magisterio (19
de marzo de 1945). En este Instituto se atendían también cursos por
correspondencia. Aquellos maestros que pasaran los exámenes correspondientes,
gozarían de una compensación económica. En este discurso también se hacía
referencia al programa de construcciones escolares, a la Campaña contra el
Analfabetismo, de la cual se decía que todavía no concluía, y a la aparición de
la biblioteca Enciclopédica Popular (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, año I,
vol. II, junio de 1945).
A
pesar de todos estos esfuerzos, el ideal de Ávila Camacho de lograr la unidad
de la educación no se realizó, debido entre otras cuestiones, a que el Estado
carecía de una doctrina de unidad nacional que coordinara la educación con el
resto de las actividades.
A
Manuel Ávila Camacho le sucedió en el poder Miguel Alemán (1946-1952), quien llamó
a Manuel Gual Vidal para que colaborara con él en la Secretaría de Educación
Pública.
El
sexenio de Alemán se caracterizó por una política de "crecimiento
económico". La industrialización de México, a cualquier precio, fue la
consigna oficial. De aquí que, el secretario de educación confrontara el
problema de la unidad nacional a la luz de una nueva política social, que
trataba de apoyarse en la industrialización y recuperación económica del país.
Su respuesta fue la planificación y realización de la llamada "escuela
unificada", que se basaba en un sistema que facilitaba el acceso a la
enseñanza media y superior, al mayor número posible de alumnos, y no sólo a los
más pudientes.
Orientada
la enseñanza elemental hacia la preparación técnica, agrícola e industrial, la
política educativa de Alemán consistió en imprimir a ésta un acentuado carácter
práctico. Comentaba que el nivel promedio alcanzado por la población de 15 años
de edad y más, se calculaba en dos años escolares aprobados como máximo
(Castillo, 1976: 76-77).
La
alfabetización en el discurso educativo
Adolfo
Ruiz Cortines fue quien ocupó la presidencia de 1952 a 1958. Su colaborador en
la Secretaría de Educación Pública fue José Ángel Ceniceros, quien era maestro
normalista. Durante este sexenio se prosiguió con la campaña contra el
analfabetismo. Se decía que la ley del 21 de agosto de 1944, se había dictado
como una "medida de alivio al problema de la educación popular, con
sentido de proclama patriótica". Se reconocía que dicha campaña había disminuido
ya que el entusiasmo había decaído, y que todavía existía un 42% de
analfabetos. Es por esto que se hacía un llamado a todos los ciudadanos para
que aunaran sus esfuerzos a los del gobierno federal (LABC, El Maestro
Mexicano, SEP, año III, Nº 3, octubre de 1953).
Se
consideraba que la alfabetización era la "piedra básica" de la obra
educativa. Se deseaba que por medio de ella el analfabeto " entendiera sus
problemas y satisficiera sus necesidades elevándose a sí mismo y al país".
Sin embargo, se reconocía que desde el año de 1947 hasta el de 1954, se había
venido registrando un continuo descenso en el número de alfabetizados, por lo
que se hacía un urgente llamado para que dicho fenómeno fuera detenido (LABC,
El Maestro Mexicano, SEP, T. V, Nº 17, julio-agosto de 1955).
Un
grave problema que se presentó a esta administración fue que el presupuesto
designado a educación pública no creció al mismo ritmo que las necesidades
educativas, tanto en construcción y reparación de planteles, como en percepciones
de maestros, mejoramiento y adquisición de equipos, laboratorios, bibliotecas y
revisión de programas y libros de texto. Ruiz Cortines hablaba de "forjar
la decisión de superarlas y de lograr el mejoramiento económico, social y
cultural de nuestro pueblo, educándolo para la democracia, la libertad y la
justicia". Se reconocía que existía un "importante déficit"
tanto en la enseñanza superior como en la primaria. Es por esto que se hacía un
llamado a todos los "sectores capacitados" y a la "iniciativa privada"
en favor de la niñez, ya que cada año quedaban fuera de la instrucción primaria
más de tres millones de niños (LABC, El Maestro Mexicano, SEP, T. VII, Nº 32,
septiembre-octubre de 1957).
En
otro discurso se reconocía que la iniciativa privada había "respondido con
desprendimiento al llamado del presidente, para contribuir a la noble causa de
la educación". Lo anterior se constataba en la cooperación de la
industria, la banca y el comercio para el sostenimiento de la Campaña de
Alfabetización, y la construcción de escuelas (LABC, El Maestro Mexicano, SEP,
T. VII, Nº 31, julio-agosto de 1957).
Parte
importante dentro de la política educativa eran las Misiones Culturales, las
cuales se definían como una "agencia de elevación y dignificación
humana..." Además de la capacitación de los maestros, tenían a su cargo
campañas para combatir el alcoholismo y "todos los vicios sociales",
la promoción de "sociedades femeninas para el cuidado de la
infancia", de instituciones de "servicio social" y de formas
deportivas y recreativas. Dentro de la nueva organización se vinculaban los
Departamentos de Alfabetización y Misiones Culturales (LABC, El Maestro
Mexicano, SEP, T. V, Nº 14, febrero de 1955).
De
nuevo, gran parte de la responsabilidad educativa recaía en el maestro, a quien
se le daba la misión de "moldear el espíritu e infundir
conocimientos". Se decía que al "ejército que educa le está
encomendado la cultura, la espiritualidad de México, lo que perdura"
(LABC, El Maestro Mexicano, SEP, año V, Nº 14, 16, febrero y junio de 1955).
Se
hablaba de que la profesión del magisterio era de "grandes sacrificios y
satisfacciones inmensas", y de que quien quisiera ser maestro "no
iría seguramente por el camino de la fortuna. La profesión de maestro es dura,
difícil y hasta podría creerse que ingrata. Exige amor y consagración absoluta,
es de ideal y de perseverancia, de sacrificio y de renunciamiento en no pocos
casos". Continuaban diciendo que "el magisterio tiene mucho de
heroico, los maestros son soldados en cuyas victorias descansa el más alto de
los destinos: formar a las nuevas generaciones" (LABC, El Maestro
Mexicano, SEP, T. VI, Nº 20 y 25, mayo y octubre de 1956).
Una
última reflexión
El
discurso oficial nos brinda la posibilidad de asomarnos al mundo de la política
educativa y, en este caso, al de la educación en épocas remotas.
Hay
cuestiones que perduran, otras más cambiarán. Entre las primeras tenemos la
idea de que por medio de la educación se logrará el progreso de México. Lo
anterior se expresa de diversas maneras a través del discurso oficial. Así, por
ejemplo, la educación socialista afirmaba que por medio de su escuela se
obtendría bienestar económico y moral. Esta educación se presenta como una
panacea para terminar con todos nuestros males. Posteriormente, en la década de
los cincuenta, se habla de educación para lograr la democracia, la libertad y
la justicia.
Otra
cuestión que perdura es la campaña contra el analfabetismo, iniciada en los
años veinte por Vasconcelos. La educación socialista intenta también terminar
con el analfabetismo, pero no lo logra, ya que se trata de un problema muy
grave.
Es
por esto que, al subir Ávila Camacho al poder se encuentra con una población
analfabeta del 50%. Es aquí en donde nos encontramos con una primera contradicción
entre el discurso triunfalista de la educación socialista y la realidad. Esta
cifra de analfabetos nos hace pensar que, de hecho la oposición a la educación
socialista fue mayor que la que se presenta en la historia oficial.
Posteriormente,
al asumir Adolfo Ruiz Cortines la Presidencia de la República se encuentra
todavía con un 42% de analfabetos, y por ello hace un llamado a todos los
sectores para que apoyen dicha campaña, ya que a lo anterior se añade el bajo
presupuesto que existía para el ramo de educación pública.
Todo
esto nos recuerda la campaña emprendida en los años veinte por Vasconcelos. Sin
embargo el momento histórico era muy diferente. Vasconcelos supo encender una
mecha que, gobiernos posteriores no pudieron volver a encender.
Otra
constante será la falta de maestros preparados, debido a su improvisación para
atender las escuelas rurales. A lo anterior se aunaban sus bajos salarios, lo
que traía como consecuencia que al no poder darles un aumento real, éste se
tradujera en un "bello discurso".
Se
deseaba así alimentar al maestro por medio de discursos. Esta es otra constante
que encontramos desde la década de los veinte a la de los cincuenta. Se habla
de los maestros como misioneros, como parte de un importante ejército, como el
puente entre el pasado y el porvenir. Se reconoce que la profesión es dura,
difícil e ingrata, por lo que tendrá que hacer grandes sacrificios,
consagrándose con gran amor al magisterio.
Cabe
señalar que la idea de que el maestro es un "soldado" la encontramos
desde el cardenismo hasta el período presidencial de Adolfo Ruiz Cortines. Esta
idea perdura a pesar de los grandes cambios que existen en la política
educativa a partir de la década de los cuarenta.
El
discurso oficial nos muestra también cambios interesantes dentro de la política
educativa. Al iniciarse el período posrevolucionario se consolida el esfuerzo,
iniciado en el siglo XIX, de llevar la educación al campo. Es así, en las
escuelas rurales, donde se cristalizará este anhelo. Sin embargo, la falta de recursos
económicos, hizo que a finales de los años veinte, se solicitara a las
comunidades campesinas el sostenimiento de sus escuelas rurales.
Durante
los años treinta se refuerza la política educativa hacia el campo. La educación
socialista, en 1934, propone educación tanto para campesinos como para obreros.
Sin embargo, el cambio importante se da en la década de los cuarenta, cuando se
abandona el campo para dar paso a la industrialización urbana. Por primera vez
se proponen los mismos planes y programas de estudio para escuelas urbanas y
rurales. Viene entonces una nueva idea, la de la "unidad nacional", y
en función de ella se sacrifica a la escuela rural. Considero que éste es uno
de los cambios más significativos que nos presenta el discurso de la política
educativa, el gran cambio hacia la década de los cuarenta.
De
este modo, el análisis del discurso educativo de los años treinta a los
cincuenta nos deja muchas interrogantes para la actualidad. ¿Qué sucede con el
discurso oficial de la política educativa hoy en día?, ¿existe relación entre
el discurso y la realidad? Muchas son las preguntas que faltan por responder,
muchas investigaciones faltan todavía por realizar.
Material
hemerográfico
–
Materiales de la Colección Nettie Lee Benson, de la Universidad de Texas, en
Austin, citado en el texto con las siglas LABC .
–
El Sembrador, SEP.
–
El Maestro Rural, SEP.
–
Boletín del Servicio de Información Pedagógica, SEP.
–
El Maestro Mexicano, SEP.
Bibliografía
CASTILLO,
Isidro. México, sus revoluciones sociales y la educación. Gobierno del Estado
de Michoacán. México, 1985.
GALVÁN,
Luz Elena. Los maestros y la educación pública en México. Un estudio histórico.
Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
(CIESAS). México, 1985.
MENÉSES,
Ernesto (et al). Tendencias educativas oficiales en México, 1911-1934. Centro
de Estudios Educativos. México, 1986.
MENÉSES,
Ernesto (et al). Tendencias educativas oficiales en México, 1934-1964. Centro
de Estudios Educativos y Universidad Iberoamericana. México, 1988.
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